«Cuando callan las montañas»: escribir sobre mujeres, culpa y silencio
Hay momentos históricos en los que el miedo necesita culpables, y casi siempre los encuentra en los mismos cuerpos.
Cuando callan las montañas es una novela de ficción histórica con misterio ambientada en 1588, en una villa remota del Pirineo. Un lugar aislado, marcado por la pobreza y por una estructura de poder en la que el futuro de las mujeres no les pertenece. Allí viven Mencía e Inés, dos hermanas campesinas unidas por la sangre y separadas por la forma en que miran el mundo.
Inés, la menor, sueña con un matrimonio que la saque de la miseria. Mencía, en cambio, acepta trabajar para una de las familias más poderosas —y más crueles— del pueblo, consciente de que sobrevivir a veces exige renuncias que dejan huella. Son distintas, pero hay vínculos que no se rompen, incluso cuando la vida empuja en direcciones opuestas.
La historia se sitúa en un momento en el que el hambre, la superstición y el abuso de poder convierten cualquier diferencia en amenaza. Y, cuando una comunidad necesita señalar un culpable, toda mujer se convierte en sospechosa.
Esta novela nace de una pregunta muy concreta: ¿qué hay detrás del mayor juicio por brujería ocurrido en España?
La escritura de Cuando callan las montañas ha requerido un trabajo de documentación profundo, no solo para reconstruir un contexto histórico, sino para entender cómo se vivía, se pensaba y se castigaba en una época en la que la brujería funcionó como herramienta de control. La novela se inspira en el caso real de las brujas de Laspaúles, el juicio con más mujeres ejecutadas por brujería del que se tiene constancia. Durante siglos, sus nombres quedaron sepultados bajo el peso del silencio y con esta historia he intentado de imaginar cómo se desarrolló aquel suceso.
Aquí, el misterio no se construye a partir de lo sobrenatural, sino de lo humano: del miedo colectivo, de los secretos, de las lealtades rotas y de la violencia ejercida desde la impunidad. Me interesaba explorar cómo se fabrican los relatos que justifican el castigo y cómo las historias de las víctimas desaparecen cuando nadie las escribe.
Quizá por eso esta novela avanza despacio, escuchando lo que no se dice, atendiendo a lo que se esconde en los márgenes: el bosque, las casas, los cuerpos de las mujeres. Porque hay silencios que no son ausencia, sino advertencia.
A veces, escribir es una forma de devolver la voz a quienes fueron obligadas a callar y de recordar que, cuando las montañas guardan silencio, no siempre es porque no tengan nada que contar.
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