Ser escritora también es una profesión. Parte 2

Ser escritora también es una profesión. Parte 2

¿Por qué es tan difícil decir en voz alta esas dos palabras “soy escritora”? Continuamos este tema donde lo dejamos y en este post contamos con otras dos de nuestras escritoras habituales: Tricia Ross y Carmen Murguía.


Después de dos años, todavía siento cierta vergüenza cuando digo “soy escritora”, de hecho no lo digo si puedo evitarlo porque tengo la sensación de que quienquiera que me esté escuchando pensará que tengo pájaros en la cabeza. Eso en el mejor de los casos, porque en el peor, estoy segura de que daré la sensación de ser una vaga que no tiene las ganas o la capacidad de trabajar en un puesto “normal”, de esos de oficina, o quizá en una tienda o dando clases en un colegio o limpiando calles, qué más da.

 

Porque parece que es el trabajo tradicional, el que se hace con un contrato, por cuenta ajena, con un jefe que te grite, unos compañeros que te caigan bien o mal, de los que te puedas quejar y veas todos los días, un trabajo al que puedas faltar con un parte médico de baja cuando te pongas malo, un trabajo del que te pueden echar si metes la pata, que puedes dejar si no te gusta, o si encuentras algo mejor… Parece que solo ese tipo de trabajo es el de verdad; ocho horas diarias fuera de casa, haciendo algo que está escrito específicamente en algún convenio o en alguna ley laboral. ¿Y qué pasa con las ocupaciones que no encajan en ese molde?

 

Yo me levanto cada día pensando en mis libros. Todo el tiempo que paso despierta manejo mis intereses en las redes sociales, unas veces con más insistencia y otras con menos. Paso cuatro horas cada mañana estudiando oposiciones porque algo hay que hacer para comer en el futuro que se cierne. Por la tarde, paso otras cuatro escribiendo, una página tras otra de esfuerzo y trabajo. Total, ocho horas diarias como cualquier empleado de oficina. Bueno, si nos ponemos quisquillosos admito la media jornada, es igual. El caso es que así son mis días, uno tras otro. No tengo fines de semana ni vacaciones pues si dejo de teclear no cobro nada. No tengo un jefe, tengo cientos o quizá miles de jefes: los potenciales lectores. Compañeros tengo montones, aunque no los vea a diario. Cobrar, cobro menos que nadie, eso seguro. Con suerte un ínfima fracción del salario mínimo y aún así sigo, aunque pocos crean que lo que hago sea un trabajo.

 

Pero es más, el rechazo es peor cuando viene del propio mundillo, cuando a veces no te toman en serio, puede que por el género que escribes, porque la romántica, la fantasía o la juvenil no son del club de los géneros serios. O si no es por eso, tal vez por ser demasiado joven, o demasiado mayor, o por todo lo contrario. ¿Será en realidad por ser mujer? En ocasiones me lo pregunto, en serio. ¿Por qué una mujer de mediana edad que escribe romántica es una ama de casa aburrida con aspiraciones a E.L.James? ¿Por qué una chica joven que escribe fantasía pasa solo por una etapa?

 

Son cuestiones que me planteo a veces cuando miro mi cuenta bancaria y me doy cuenta de que vivir de mi sueño, al menos por ahora, es una utopía, y que el salario mínimo es un sueño para mí haciendo mi trabajo, que es escribir.

 

Tricia Ross

 

 


 

Recuerdo las primeras reacciones ante mi anuncio: He escrito un libro ¡Y me lo publican!

“Ah, vale. Pero, ¿has buscado ya trabajo? En el bar de al lado de mi casa buscan camareras.”

“¡Anda qué bien! ¡Qué guay que hayas cumplido tu sueño y ganes dinero sin trabajar!”

Pues sí, así está el patio. El mundo de las letras es como “muy fantástico” visto desde fuera. Nadie se ha reído de mi por querer dedicarme a esto. Al contrario, se lo han tomado como si me hubiera tocado la lotería. Me felicitan continuamente. Creo que piensan que esto va de “estrellas” más que de algo serio. Y no hablemos de “sueños cumplidos”. Sueños que se truncan sin remedio conforme te vas adentrando en el mundo editorial. Porque escribir es una profesión como cualquier otra. Te fijas tus propios horarios, pero a costa de sacrificar tu tiempo libre, sobre todo si tienes otros trabajos. Escribir no suele darte para vivir, a menos que seas un super ventas. Sigues necesitando tiempo disponible para sentarte al menos cuatro o cinco horas al día para crear algo que merezca la pena leer y las ideas llegan trabajando. No te vienen por arte de magia.

Desde mi experiencia, diré que no pude dedicarme a esta profesión hasta que me quedé en paro. La crisis me permitió replantearme mi vida. Me condujo hacia mi verdadera vocación. Sin embargo, no hay que confundir vocación con afición. Es un trabajo más, solo que lo disfrutas de otro modo. Si eres mujer, la vida te lo pone aún más complicado. Si escribes dejando un poco atrás otras tareas de casa o descuidas un poco tu vida familiar o dejas de salir de fiesta con los amigos, te miran como a alguien egocéntrico y “raro” porque se sigue creyendo que escribir es una afición que tienes que hacer por diversión e incluso GRATIS. El dinero ni tocarlo, porque si no, eres un pesetero.

A parte de ser raras, las escritoras también comemos. Es una mala costumbre que tenemos. Alguna vez me han preguntado que cómo se me ocurren esas historias, que de dónde salen. Yo siempre respond que del trabajo duro, de la investigación constante, leyendo y escribiendo todos los días y con la imaginación. Esta última también se trabaja.

En conclusion, escribir me da la vida. No puedo pasar un solo día sin anotar algo en mis libretas, incluso cuando no estoy en mitad de un libro, pero desde el principio, me lo he tomado como un trabajo, un medio a través del cuál pueda ganarme la vida algún día. Una editorial puede apostar por ti., pero a cambio espera que vendas lo suficiente como para tener ganancias. No es verdad que vendas tu libro y te paguen por él y ya está todo hecho. Como cualquier empresario, dependes de que tu producto se venda. Deseándote suerte no te ayudan a cumplir tu sueño. La ayuda de verdad viene cuando el lector se interesa por tu trabajo y te lo compra. Y es tan serio como poner cafés en un bar. Sí, los camareros también trabajan duro, un montón de horas y no se les considera como verdaderos trabajadores. Eso no es una profesión seria. Seguro que alguna vez habéis escuchado la frase de

“¿No querrás ser camarero toda tu vida?”

Pues oiga, si a uno le da para vivir y le gusta, ¿por qué no?

 

Carmen Murguía

 

 

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