La soledad del escritor. Parte 2

La soledad del escritor. Parte 2

Continuamos el tema de la soledad donde lo dejamos de la mano de Estefanía Jiménez y Amanecer González. No te olvides de contarnos en los comentarios qué piensas tú sobre el tema.

 


Sobre este tema podríamos escribir lagunas de tinta. Escribir es una profesión solitaria. Escribir es un sueño solitario y poco comprendido.

Lo cierto es que escribir es algo muy personal y, por tanto, solitario; cuando estás creando, te sobra el resto del mundo. Aunque la soledad que pesa es la que viene después, cuando pones el punto final y debes «salir al mundo». En ese mundo estás solo, aunque estés rodeado de gente. Eres tú la que debe lidiar con editoriales, largas esperas, negativas… Eres tú la que debe sufrir críticas e invisibilidad. ¡La invisibilidad! Según mi punto de vista, el peor enemigo del autor.

Sin embargo, aunque todo esto puede resultar duro y crear sensación de frustración, en lo personal, la soledad que más me afecta es la que se refiere a la incomprensión. Incomprensión hacia tu trabajo, hacia lo que para ti es una vocación y no un entretenimiento. ¿Por qué tengo que explicar constantemente que escribir no es un hobby para mí? ¿Por qué me miran con esa sonrisita cuando digo que soy escritora?

¡Ahí es cuando la soledad me atiza de lleno! Escribir es mi trabajo, mi vocación, pero, la mayoría de las veces, no puedo hablar de ello con tranquilidad porque nadie suele comprenderlo (benditas reuniones de autores en las que podemos desahogarnos con gusto).

Y te hacen sentir tan baja a veces… «Escribir no da de comer». ¡Ah, y qué complicado es explicar al mundo que me importa un pito, que trabajaré en lo que salga para pagar mis facturas, pero que MI VOCACIÓN ES ESCRIBIR!

Porque, al contrario de lo que piensa la gente (en especial la gente que ama los libros y la literatura), cuando dices a qué te dedicas en una reunión de amigos o familia, nadie te admira y te pregunta, al contrario, todos se sonríen y piensan u opinan que tienes la cabeza llena de pájaros y que eres una vaga.

Muy pocos comienzan en este mundo con apoyo de sus círculos y, teniendo en cuenta lo lenta y cuesta arriba que es la carrera del escritor, ese apoyo tardará en aparecer (si aparece).

Y, ¿te cuento un secreto?, probablemente, cuando cumplas tu sueño y publiques, poco van a cambiar las cosas, lo siento; ni siquiera te va a servir tener un premio que abale que eres buena, (a no ser que te conviertas en súper ventas, claro, supongo que eso cambiaría algunas percepciones).

Y esta, amigos, es la soledad más triste a la que, al menos yo, me enfrento en mi trabajo: no ser tomada en serio por la gente a la que aprecio.

Para terminar, me gustaría puntualizar que yo tengo la gran fortuna de haber encontrado en mi pareja y mi hija todo ese apoyo. Ella, como artista que es, comprende a la perfección mi situación; y él está hecho a este mundo tanto o más que yo. Soy muy afortunada al tenerlos en mi vida, lo sé, porque no es lo común. No logro hacerme a la idea de cómo lo vivirán los compañeros que se encuentren completamente solos en esta aventura.

 

Estefanía Jiménez

 

 


 

La soledad del escritor, esa sensación agridulce…

Dulce porque para crear es necesaria esa quietud, esa calma que te proporciona el estar a solas con el mundo de fantasía que se desarrolla en tu cabeza; porque la soledad del escritor es imprescindible para que el proceso creativo discurra con normalidad.

Sin ella, las ideas no fluyen y las conversaciones entre personajes, que van resonando en mi cabeza durante todo el día, no pueden volar libres. Es cuando el mundo complejo y maravilloso que vive en mi imaginación se transporta a las páginas del libro que estoy escribiendo, cobrando vida. Y, sinceramente, para eso es imprescindible la soledad. Una soledad que, en mi caso, es respetada por las personas que me rodean, que comprenden la necesidad de mi aislamiento para poder crear.

Porque, seamos sinceros, a no ser que seas un escritor de renombre, no podemos dedicarnos a la tarea de ser escritoras sino como hobby, empleando en ello sólo el tiempo que te sobra, y no el que te gustaría. Por eso creo que, en mi caso, la soledad creativa no es tan tortuosa como pudiera ser para el escritor profesional, que debe pasar la mayor parte de su tiempo sentado delante del ordenador, aislado del mundo. Para mi escribir es un placer al que dedico el tiempo que me queda libre (que a veces no es mucho). Así que a esta parte la considero la cara dulce de la soledad: cuando tu mundo se hace realidad a través de las palabras y tu gente te da el espacio que necesitas, respetando tu personalidad.

Pero la soledad también tiene su cara amarga. Para mí, la parte más dura de la soledad del escritor aparece a la hora de hacer realidad el proyecto, de conseguir que el libro que has escrito llegue a los lectores, que es el fin último por el cual escribimos.

Ahí es donde la soledad te ataca, destruyendo tus ganas y tus ilusiones. Es en esta parte de proceso donde más sola me encuentro, buscando desesperadamente una luz que ilumine el camino, porque te sientes perdida entre tantos autores, publicaciones, promociones y redes sociales, que son necesarias para poder llegar al lector, pero que tanto cuesta conseguir. A partir de ahí no eres sólo escritora, sino que debes ser comercial, promotora, publicista, experta en márquetin, en redes sociales…

Esa soledad es la que mina tu sentir como escritora y, en cierto modo, apaga tus esperanzas; aquellas esperanzas que tanto han brillado durante el proceso creativo, cuando tus ganas de hacer llegar al lector tu novela pueden más que nada, pero que luego no encuentran el apoyo suficiente.

Y no me refiero a tu familia y amigos, que siempre acudirán a tus presentaciones con una sonrisa para llevarse tu libro a casa. La cruda realidad viene a partir de ahí: cuando te propones hacer llegar tu libro más allá de tu círculo de confianza. Es ahí donde la soledad es más dura que nunca. En este punto, las piedras en el camino son muchas y grandes, porque la soledad del escritor en el mundo editorial es más pesada que ninguna otra cosa.

 

Amanecer González Cantero

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